José Manuel Pérez Tornero, Charo Lacalle y Fabio Tropea homenajean a Umberto Eco

Umberto Eco, mentor e inspiración del Gabinete. Imagen extraída de blogs.elpais.com

Umberto Eco, escritor, filósofo y experto en semiótica, nos dejó el pasado 19 de febrero. Miembros de nuestro equipo han querido hacerle un homenaje recordando sus infinitos conocimientos y su gran dedicación al mundo académico. José Manuel Pérez Tornero, Charo Lacalle y Fabio Tropea le dedican unas palabras.

¡Ojalá su pensamiento nunca descanse en nuestras mentes! (por José Manuel Pérez Tornero)

No recuerdo bien ni el año ni el día. Pero tuvo que ser en torno al 76, 77. Un profesor italiano, nada conocido entonces, Umberto Eco, nos iba a impartir un seminario en la UAB. De él había leído, durante mi Licenciatura en Filología, la Obra abierta; y durante la de Comunicación, Apocalípticos e integrados, ambas escritas en italiano a finales de los 60, pero apenas publicadas en español, en la segunda mitad de los 70 —en una España que, por cierto, apenas intentaba salir del franquismo. 

Yo andaba, pues, muy interesado en conocer en persona a ese autor sugerente y provocativo, que se atrevía a tratar sobre cuestiones consideradas “irrelevantes” o intrascendentes por los académicos al uso. Cuestiones como la libertad de interpretación de las obras literarias, el sentido de la cultura de masas, de los nuevos héroes, como Superman o el valor de la cultura kitsch, entre otros. Un autor que, además, postulaba que la producción de sentido no era solo razón de los textos, sino que estaba abierta a la actividad participativa de los lectores —a lo que hoy diríamos la “inteligencia de la comunidad”—, incluso si debíamos reconocer que cada obra construye y requiere un “lector modelo”.

A pesar de todo mi interés, no pude llegar a tiempo al seminario. Recuerdo perfectamente que nada más abrir la puerta para pedir permiso para entrar —algo que en aquel tiempo era lo usual—, il professore me recibió lanzándome un pedazo de tiza directamente a la cabeza. No se cómo pero lo logré esquivar. Es fácil imaginar la cara de sorpresa que debí exhibir ante ese lance. Pero puedo asegurar que más sorprendidos se quedaron los pocos estudiantes, seis o siete que estaban dentro del aula. Realmente estaban estupefactos.

El que mantenía la serenidad y controlaba perfectamente la situación era Eco, quien, de nuevo, hizo como si fuese a lanzarme otra la tiza pero, esta vez sin soltarla de la mano. Naturalmente, yo volví a agacharme como por instinto. Entonces Eco inició su explicación: “Vean ustedes —dijo— qué son los signos: son algo que sustituye a otro algo. Cuando le lancé la tiza a su compañero la primera vez no se trataba de un signo, sino de una acción real. O sea, que su compañero hizo bien en esquivar el golpe. En cambio, la segunda era solo un signo, un gesto, si quieren una amenaza. Pero aquí su compañero confundió el signo con la realidad y esta vez sí se equivocó al agacharse. En la segunda ocasión, su colega estaba reaccionando ante un signo, no a una agresión real. Podemos decir, en este caso, que reaccionaba ante una amenaza y no a una acción realmente violenta. Pero su reacción ha sido en todo semejante a la que tuvo la primera vez cuando la agresión fue real. ¿Ven ustedes cómo los signos sirven para engañar? Créanme, no habría ni engaños ni mentiras en el mundo si no hubiese signos. Si no hubiese sistemas semióticos. Con la semiótica nace la mentira. Pero créanme también en una cosa: si no hubiese signos, seríamos más violentos de lo que somos ahora. Porque no podríamos sustituir a la violencia de ningún modo”.

Desde entonces, fui un lector asiduo de Eco. Allí donde muchos se topaban y se detenían ante lo que consideraban abstracciones, complejidades y dificultades del discurso de Eco —entre ellos muchos de mis alumnos—, yo, en cambio encontraba diversión y goce con esa “mirada semiótica”, siempre exploratoria, sutil y reflexiva. 

En estos momentos de recuerdo, no me gustaría de ningún modo pasar por alto el enorme sentido político de la obra de Eco, un aspecto que a veces no se considera como se debería. Un sentido político profundamente democrático y crítico, que ha perdurado mucho más, por ejemplo, que algunas militancias doctrinarias de muchos intelectuales que se reclamaban de la izquierda ortodoxa.

La obra de Eco es enorme, amplia y diversa, pero todo encaja en ella. Es coherente y consistente. Siempre, de algún modo, reescribía el mismo libro, la misma obra con el objeto de no perderse, de no perder su razonamiento —de hecho, le tenía pánico al tan habitual como el le llama “cogitus interruptus”. Y de hecho, su obra es una y múltiple, al mismo tiempo.

En definitiva, Eco ha sabido realizar los valores de su siglo, el XX y abrir el camino del XXI. ¡Ojalá su pensamiento nunca descanse en nuestras mentes!

Ver más en el blog de José Manuel Pérez Tornero.

 

A Umberto Eco. In Memoriam (por Charo Lacalle)

 Il Professore vive en Milán, pero durante el curso llega a Bologna los jueves a tiempo para la clase de las cuatro y retorna tras el seminario de los sábados por la mañana. Dos días completos, que dedica por entero a sus alumnos. Las sesiones con sus tesinandos y doctorandos extienden el aula, con frecuencia, a los viejos mesones del caso antiguo o a la pizzería que esta al lado de la sede del DAMS, el Instituto delle Arti, della Musica e dello Spettacolo donde enseña en los años ochenta.

Il Professore es un hombre sencillo: cardigan de punto con corbata de rayas, sombrerito de lluvia y abrigo austriaco azul; que destila jovialidad y fuma cigarrillos extrafinos en un enésimo intento de dejar el tabaco. Toda su exuberancia se concentra en su saber; en una mente hiperactiva que constituye la mayor enciclopedia de la era pre-internet. Y en sus extraordinarias capacidades comunicativas, que convierten sus clases de Semiótica, sus observaciones a las tesis e incluso sus charlas distendidas -y siempre divertidas- de café en un estímulo sin parangón para sus estudiantes y discípulos.  

 

Epifanía (por Fabio Tropea)

 

1979. Julio. Plaza de la República. Urbino. Italia central. Estoy en esta fabulosa ciudad renacentista desde hace un año, estoy cursando Sociología. Es verano, debería estar disfrutando de unas merecidas vacaciones en Sicilia, con mi familia, pero he vuelto a esta ciudad para asistir a los famosos seminarios veraniegos de semiótica, a los que en el pasado han venido gente como Lévi-Strauss, Barthes y Goffman. En el semestre anterior he asistido a unas clases de sociolingüística excitantes, con el profesor Paolo Fabbri; él me ha convencido a asistir a estas jornadas.

Son las nueve de la mañana, paso por dicha plaza para ir a asistir al primer seminario. Sentado a una de las mesas del bar Basili, el más antiguo de la ciudad, está un señor con barba, pipa y una docena de periódicos. Se los va leyendo con una rapidez vertiginosa, su rostro me es familiar, pregunto al amigo que está a mi lado si sabe quién es, me contesta: “Claro que sí, es Umberto Eco!” Me emociono mucho, en el curso de sociología de la comunicación he devorado su extraordinario Apocalípticos e integrados (uno de los textos más citados de la historia).

Voy corriendo a mi casa, cojo mi copia del libro, vuelvo jadeante en la plaza. ¡Qué tristeza!, se ha ido. Gracias al cielo, lo encontré luego en el seminario, y después de aquella vez he vuelto a verlo muchas veces, en Urbino, Bologna y muchas otras ciudades, y he pasado unas horas extraordinarias abrumándome por sus increíbles conocimientos, dejándome seducir por su capacidad analítica y su rigor intelectual, expuesto siempre con una gran levedad y una fina ironía. E incluso me he reído a carcajadas por sus juegos y argucias, actividades de las que disfrutaba como un niño, durante cenas y sobremesas.

De él, sobre todo en estas tristes circunstancias, se ha dicho prácticamente todo, yo quiero sólo citar una anécdota, para que vean qué gran tipo era. Un año, la ciudad de Arezzo (en la región de Toscana) le dio un premio muy especial por sus méritos culturales: un año de permanencia gratis en la ciudad para él y su señora. Él, ni corto ni perezoso, pidió que se transformase este premio en un seminario de tres días al que invitó 120 amigos, para discutir sobre “semiótica de los premios culturales”. Tuve la suerte de estar presente, fueron días inolvidables.

Gracias a él y a los organizadores de los seminarios de Urbino, durante toda la vida me he dedicado a interpretar los lenguajes de la comunicación. Gracias a él, cuando me preguntan: “Y tú, ¿A qué te dedicas?”, puedo, inmodestamente pero aún con gran pasión, decir que soy semiólogo. Gracias, Maestro, hasta siempre.

 

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