¡Ojalá su pensamiento nunca descanse en nuestras mentes!

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José Manuel Pérez Tornero
Umberto Eco: "Con la semiótica nace la mentira". Imagen extraída de blogs.elpais.com

No recuerdo bien ni el año ni el día. Pero tuvo que ser en torno al 76, 77. Un profesor italiano, nada conocido entonces, Umberto Eco, nos iba a impartir un seminario en la UAB. De él había leído, en mi licenciatura en filología, la Obra abierta; y en la de Comunicación, Apocalípticos e integrados. Ambas escritas en italiano  a finales de los 60, pero apenas publicadas en español, en la segunda mitad de los 70 -en una España que, por cierto, apenas intentaba salir del franquismo.  Yo andaba, pues, muy interesado en conocer en persona a ese autor sugerente y provocativo, que se atrevía a tratar sobre cuestiones consideradas “irrelevantes” o intrascendentes por los académicos al uso. Cuestiones como la libertad de interpretación de las obras literarias,  el sentido de la cultura de masas, de los nuevos héroes, como Superman o el valor de la cultura kitsch, entre otros. Un autor que, además, postulaba que la producción de sentido no era solo razón de los textos, sino que estaba abierta a la actividad participativa de los lectores -a lo que hoy diríamos la “inteligencia de la comunidad”-, incluso si debíamos reconocer que cada obra construye y requiere un “lector modelo”.

A pesar de todo mi interés, no pude llegar a tiempo al seminario. Recuerdo perfectamente que nada más abrir la puerta para pedir permiso para entrar –algo que en aquel tiempo era lo usual-, il professore me recibió lanzándome un pedazo de tiza directamente a la cabeza. No se cómo pero lo logré esquivar.  Es fácil imaginar la cara de sorpresa que debí exhibir ante ese  lance. Pero puedo asegurar que más sorprendidos se quedaron los pocos estudiantes,   seis o siete que estaban dentro del aula. Realmente, estaban estupefactos.

El que mantenía la serenidad y controlaba perfectamente la situación era Eco, quien, de nuevo, hizo como si fuese a lanzarme otra la tiza. Pero, esta vez, sin soltarla de la mano. Naturalmente, yo volví a agacharme como por instinto. Entonces Eco inició su explicación: “Vean ustedes –dijo- qué son los signos: son algo que sustituye a otro algo. Que están por ese segundo algo. Cuando le lancé la tiza a su compañero, la primera vez, no se trataba de una signo, sino de una acción real. O sea, que su compañero hizo bien en esquivar el golpe. En cambio, la segunda, era solo un signo, un gesto, si quieren una amenaza. Pero aquí su compañero confundió el signo con la realidad y esta vez sí se equivocó al agacharse. En la segunda ocasión, su colega estaba reaccionando ante un signo, no a una agresión real. Podemos decir, en este caso, que reaccionaba ante una amenaza, no a una acción realmente violenta. Pero su reacción ha sido en todo semejante a la que tuvo la primera vez, cuando la agresión fue real. ¿Ven ustedes cómo los signos sirven para engañar? Créanme, no habría ni engaños ni mentiras en el mundo si no hubiese signos. Si no hubiese sistemas semióticos. Con la semiótica nace la mentira. Pero créanme también en una cosa: si no hubiese signos, seríamos más violentos de lo que somos ahora. Porque no podríamos sustituir a la violencia de ningún modo”.

Esa lección me quedó grabada y marcó mi forma de encarar el estudio y el mundo.

Desde entonces, fui un lector asiduo de Eco. Allí donde muchos se topaban y se detenían ante con lo que consideraban abstracciones, complejidades y dificultades del discurso de Eco –entre ellos muchos de mis alumnos- yo, en cambio encontraba diversión y goce con esa “mirada semiótica”, siempre exploratoria, sutil y reflexiva. Una mirada que trataba de comprender las sutilezas de los significados y de sus intérpretes. Que trataba siempre de ir más allá de lo aparente. Que era capaz de –en un contexto académico, en aquella época, demasiado absorbido por el materialismo histórico- de intentar tratar de comprender el inmenso poder de la de la sustitución, del simulacro, de la representación, y, por supuesto, sus valores estéticos e, incluso, su profunda esencia ética.

Mi relación con il professore fue, desde aquel día, más episódica y fragmentaria de lo que me hubiese gustado. Pero, desde luego, fue indeleble. Eco participó, por ejemplo, con enorme generosidad en el Congreso de la Asociación Internacional de Semiótica que pudimos organizar, a duras penas, unos cuantos jóvenes en Barcelona y Perpiñán. Siempre aceptaba, con gusto, publicar en la revista Anàlisi que habíamos fundado con algunos colegas, muy voluntaristamente, por aquella época. Tuvimos, también, amigos comunes que nos daban noticias mutuas. Especialmente, por ejemplo, el entrañable Thomas Sebeok, de Indiana, que inculcó en Eco –y, por supuesto, en mi- el espíritu triádico y Peirciano (y, por supuesto pragmático norteamericano) sobre la producción de sentido. Y quien supo transmitir la importancia de la relación entre Sherlock Holmes, Peirce y la semiótica  - Cf. Su Sherlock Holmes y Charles S. Peirce: el método de la investigación (Paidós, 1987)- que luego Eco trasladaría su primera novela: El nombre de la rosa. O Julien Algirdes Greimas quien, siempre socarrón, inteligente y sistemático, apreciaba mucho el talante alegre, divertido y poético de la aproximación italiana a la semiótica que representaba Eco. Aunque dicho sea de paso, siempre el profesor Lituano pensó que aquel fare semiótica italiano era demasiado ecléctico, caprichoso y flexible comparado con su pretensión de fundar una disciplina sistemática, coherente y formal. O el prematuramente fallecido Mauro Wolf; el conspicuo e inteligente Paolo Fabbri, etc. Amigos y colegas todos inspirados por el pensamiento de Eco. También recuerdo alguna colaboración editorial esporádica con Umberto. Como cuando, desde la Editorial Paidós, con el siempre entusiasta y apasionado Enric Folch, nos lanzamos a publicar en castellano la colección que Eco dirigía en Bompiani y que, en realidad, se dedicaba a publicar todas las tesis de sus alumnos. Tesis a las que Eco, por cierto, dedicaba muchas horas y devoción. Pero sobre todo, me quedó grabada su enorme disponibilidad a la actuación generosa, a la charla amigable, a la bonhomía en una palabra.

Pero en estos momentos de recuerdo, no me gustaría de ningún modo pasar por alto el enorme sentido político de la obra de Eco. Un aspecto que, a veces, no se considera como se debiera. Un sentido político profundamente democrático y crítico, que ha perdurado mucho más, por ejemplo, que algunas militancias doctrinarias de muchos intelectuales que se reclamaban de la izquierda ortodoxa.

Es ese sentido político –insisto: profundamente democrático, liberal y social- el que hizo de Eco el crítico más mordaz, más inquisitivo y permanente de esa degeneración moral y cívica que representó el Berlusconismo –impulsado por ese nefasto personaje, mal apodado Il Cavaliere y que tanto daño ha hecho a la gran Italia-. Baste releer los artículos de Eco en la prensa diaria o semanal, sus intervenciones públicas, sus lúcidos análisis sobre ese régimen corrupto, autoritario y mafioso. Sinceramente, no creo que sea posible encontrar mejor ejemplo de respuesta intelectual a un sistema tan execrable. Mérito de Eco. Mérito de la semiótica. Y mérito del saber hacer narrativo de uno de los intelectuales más europeístas y europeos, en el buen sentido del término, que hemos conocido en los últimos tiempos. Todo un ejemplo a tomar en cuenta.

Italo Calvino cuando trataba de condensar en seis conferencias que dictaría en la Universidad de Harvard lo que el consideraba los valores esenciales del milenio. Desde mi punto de vista,  Eco los supo encarnar y realizar a la perfección.

Calvino, habló del valor de la levedad –como resistencia frente a “la pesadez, la inercia, la opacidad del mundo”-. Pues bien, Eco supo ser ágil, ligero y nervioso en un pensamiento que recorría descubría las sutilezas de lo signos y su interpretación, y supo encontrar las claves ligeras y leves de la existencia. Contribuyó a “desmaterializar” un mundo que luego la digitalización haría más virtual. Y llamó la atención sobre la gran trascendencia de las estructuras “ausentes”.

Si Calvino habló del valor de la rapidez, Eco supo estudiar rápido, publicar a tiempo, polemizar con reflejos, estar atento a la rapidez del mundo y comprender la importancia de la variación y la fluidez de los fenómenos culturales.

Si Calvino reclamó el valor de la exactitud, la obra de Eco es precisa en todo momento, tanto en la teoría como en el análisis. Tanto en el ensayo, como en el periodismo como en la narrativa. Todos los términos están en su sitio. Todos los signos responden a un orden. Y solo la exactitud rige el mundo de Eco.

Si Calvino habló de la visibilidad como valor, ¿quién como Eco supo describir el sutil juego entre lo aparente y visible y lo invisible? ¿Quién, como él, fue capaz de descifrar lo convencional que construye el mundo visual y su sentido.

Si Calvino apelaba al sentido de la multiplicidad, Eco fue capaz de dotar de multiplicidad a todo lo que escribía: múltiples planos, múltiples sentidos, múltiples realidades. Su metodología es múltiple, integradora, como el mundo que pretende explicar. Nunca sostuvo una sola perspectiva para explicar la realidad, más bien, le gustaban los juegos de espejos, las realidades relativas, la sutileza de las diferentes realidades que se implican en los relatos abiertos.

Si Calvino hablaba, finalmente de consistencia, Eco es un ejemplo de ella. Su obra es enorme, amplia y diversa, pero todo encaja en ella. Es coherente y consistente. Siempre, de algún modo, reescribía el mismo libro, la misma obra con el objeto de no perderse, de no perder su razonamiento –de hecho, le tenía pánico al tan habitual como el le llama “cogitus interruptus”. Y de hecho, su obra es una y múltiple, al mismo tiempo.

En definitiva, Eco ha sabido realizar los valores de su siglo, el XX y abrir el camino del XXI. ¡Ojalá su pensamiento nunca descanse en nuestras mentes!

 

 

 

 

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