Comunicación, educación y diálogo intercultural para romper las barreras de la ignorancia

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Gabriel Jaraba

De todas las disciplinas del saber humano  hay una que está especialmente orientada al futuro: la educación. Toda obra humana tiene voluntad de perdurar, pero es la educación la actividad específicamente dirigida a construir un futuro deseable. Educación no es tratar de que las personas aprendan, que los niños atiendan en clase o que se transmita el conocimiento. Educación es la tarea de construir un futuro mejor haciendo que los humanos se desarrollen de manera adecuada para llevar una vida buena y conseguir que el mundo por venir sea un lugar en el que valga la pena vivir.

La confluencia de la educación y la comunicación ha potenciado sobremanera la capacidad de aquélla como constructora de futuros. El desarrollo de la “tercera ola” que atisbaron Alvin y Heidi Toffler nos ha llevado a una sociedad del aprendizaje en la que no podemos rehuir la necesidad de poner la educación en primer plano de las exigencias para el progreso.

Una “sociedad de la información” o “sociedad de la comunicación”, así a secas, no tiene sentido alguno si lo que deseamos es que la humanidad progrese. Solamente el aprendizaje como perspectiva del conjunto del género humano puede conducirnos a, por lo menos, que no es poco, ir más allá del umbral de la supervivencia como especie. La suma de desigualdades sociales, cambio climático, estructuras de injusticia y opresión, tentaciones de soluciones bélicas y supremacía de las finanzas sobre el trabajo productivo ponen a la humanidad frente a un reto inédito en toda la historia del mundo. El aprendizaje es el camino de hallar soluciones nuevas a situaciones altamente complejas.

La comunicación hace que la educación ya no pueda conformarse con ser un mero adiestramiento en competencias técnicas o incluso sociales. El proceso de globalización es inseparable de la comunicación y ello afecta al campo educativo, puesto que el mundo se hace cada vez más pequeño y ya no se puede vivir de espaldas a las culturas ajenas. Las migraciones son la forma más perceptible de este contacto entre culturas distintas, pero también la difusión internacional de modelos de comportamiento o costumbres propios de culturas que hegemonizan esa globalización, gracias a la televisión, la moda o la música popular. Existan o no diversas comunidades nacionales o culturales en un mismo país, los niños y adolescentes de cada nación viven necesariamente en un mundo intercultural.

Los retos que presenta la sociedad de la comunicación dimensionada como sociedad del aprendizaje hacen imprescindible la adopción de una actitud crítica ante los medios de comunicación y las tecnologías de la información. Para adoptar decisiones pertinentes en ese contexto es necesario un grado de conciencia y lucidez que no pueden venir dadas, sino que es necesario aprender. Debemos incorporar un pensamiento crítico mediáticotécnico si deseamos avanzar hacia un nuevo humanismo.

Vista la cosa en su conjunto, nos damos cuenta de que la educación, la comunicación, el pensamiento crítico mediaticótecnico se engarzan entre sí para apuntar el camino hacia el nuevo humanismo. Y ese nuevo humanismo no puede ser más que universalista: el gran reto de la humanidad nos concierne  a todos, no a una nación o una cultura. Por tanto es necesario que ese engarce multidisciplinar sea coronado por una tarea inevitable: el diálogo intercultural (que podría ser considerado una metadisciplina).

No basta con observar y considerar las culturas distintas a la propia. Hay que introducirse en un diálogo entre culturas que permita ver las cosas de un modo diferente y sobre todo que conduzca a tener en cuenta las opiniones de los otros. Hay que asumir ese enorme alud de sobreinformación de todo el mundo que nos aporta la comunicación y convertirlo en riqueza: conocer, respetar, considerar, dialogar, conversar con todo lo que nos es o nos parece distinto.

Por ese motivo la alfabetización mediática y digital camina de la mano con el diálogo intercultural en la Cátedra Internacional UNESCO de Alfabetización Mediática y Diálogo Intercultural que actualmente lidera el Gabinete de Comunicación y Educación de la UAB. Porque es necesario crear la conciencia de esa interrelación intercultural que solamente se puede alcanzar mediante el diálogo. No basta con la comunicación que nos aporta información: es la voluntad de construcción de futuros que implica la educación la que nos puede llevar de mirar sin ver a dialogar para conversar.

La etimología de “conversar” es muy interesante. “Versar”: discurrir, tratar un asunto, pero también tender hacia un punto. “Con”, hacer algo juntos, llegar juntos a un lugar. El diálogo debe ser siempre conversación porque si no se convierte en una charla entre “lenguas de madera”. Muchos políticos y miembros de instituciones dicen dialogar cuando no hacen más que monologar en estéreo. El verdadero diálogo es conversación: caminar juntos buscando el punto de encuentro común.

Y ahí es donde entramos los periodistas. Entrenados en el arte de la entrevista, en la interrogación a las fuentes y su contraste, en la atención a lo que tienen que decir los lectores, oyentes y telespectadores, deberíamos ser los animadores de la Gran Conversación que nuestro mundo en transformación reclama. Comunicación, educación, diálogo intercultural conversacional y periodismo: menuda fórmula explosiva para romper las barreras de la ignorancia.

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